Y brotaban las lágrimas, agudas, pesadas.
Rodaban lentas y ardientes por las mejillas de porcelana.
Los ojos se cerraban para no sentir
la soledad.
Las manos, palomas heladas, temblaban.
El cuarto vacío, sofocante, un leve estertor exhalaba.
Se había ido, quién lo habría arrastrado
hacia la nada.
La luz intermitente se prendía, se apagaba
entre la nube de odio no podías escaparte, no podías.
Quemarme, dejarme.
Irte.
[ Para quien me dijo lo que yo ya sabía, pero me molesta tanto que tenga razón. Traigo un trocito de mi yo pasado, a veces debería tenerlo más presente. Aparte hace mucho que no escribía poesía. ]
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