jueves, 22 de octubre de 2009

Pedro Goyena y Beauchef

Venía caminando tranquila, cantando lo que fuera que estuviera escuchando en sus auriculares. Creo que me fijé en ella porque traía un perro. Pero no un perro de verdad: un perro de peluche, como si fuera un títere, abajo del brazo.
En la otra mano sostenía unos papeles que iba leyendo mientras caminaba.
Estaba vestida con un jogging extraño, y una camperita color petróleo.
Quise saber adónde iba. Podía ir al gimnasio, ¿pero para qué el perro? Quizás se lo habría encontrado en la calle.. y se lo llevaba a la hermanita chiquita.
Quizás no tenía hermana.
Quizás estaba yendo a la iglesia para donarlo.
¿Pero donar un peluche solo?
¿Y por qué iba leyendo esos papeles?
Definitivamente no iba al gimnasio ni a la Iglesia. Quizás estaba yendo al súpermercado.
Pero nada me sacaba la duda de por qué tenía un perro.

A todo esto, ella siguió caminando. Se fue.
Realmente necesitaba enterarme del lugar al que iba, me mataba la intriga. Me fui corriendo hacia ella -estaba como media cuadra más allá- y la frené.
Me miró con cara asustada, pero no me importó:
-Adónde vas? - se asustó más - es que me intriga mucho la razón por la que tenés un perro sucio y de peluche abajo del brazo.
Se rió a carcajadas, y su risa fueron campanas melodiosas. Le sonreí abiertamente.
- Voy a teatro, acá estoy repasando la obra. Y bueno, mi papel, está loco y tiene un perro de peluche que se cree que es real.

Le agradecí que me hubiera contestado y me fui. Ella también se fue.

1 comentario:

Yasmin Abdala dijo...

Qué grosa. Me encanta que la gente haga ese tipo de cosas sin que le importe qué están pensando o diciendo de ella.
La gente ya no hace esas cosas.

Yo me río sola.