Estaban esperando en la misma parada que yo.
Él le dijo que era una nena, que ya estaba grande para esos juegos. Se fue sin saludarla y no miró atrás. Le desbordaba el orgullo por sus ojos caídos, vacíos, repugnantes.
Ella me miró como pidiéndome una explicación. Su boca murmuraba: "Estoy, como siempre, dando lo mejor".

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