jueves, 3 de noviembre de 2011

La música sonaba fuerte. Los flashes y las luces de colores volvían los efectos de la noche repleta de alcohol un juego psicodélico para la locura colectiva del lugar. Entre todo el movimiento, una imagen quieta en un rincón.
Me acerqué y le toqué el hombro. Levantó la mirada, llena de odio y pena.
Todo lo que estaba alrededor dejó de seducirme, y esos ojos se encargaron de arrancarme la ropa, la piel, los músculos a pedazos.
Me sentí más desnudo que nunca y me puse a llorar, mirándola.

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