Cuando era más chica creía que iba a morir de amor. Agarraba lápices y rayaba hojas con bronca hasta agujerear el papel. Sentía que así el corazón me iba a doler un poco menos.
Después entendí, quizás para algunos con algo de cinismo, que el amor no puede matar porque no existe.
Existen los duendes, existen las brujas, existen los espíritus.
Pero no existe ni el amor ni la sinceridad. A mí ya no me engañan más.
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