Sus palmas rodean lentamente una taza hasta que los dedos se alcanzan del otro lado y se entrecruzan.
El calor de la cerámica es abrumante y el líquido emana un vapor sabroso, oscuro, solitario.
Con el pulso firme levanta la taza y la lleva, despacio, a sus labios.
Quiso alguna vez escribir versos terribles, pero en este momento, en su cabeza, sólo piensa: "Qué hermosa es la vida, qué grandiosa, qué tanto más poderosa de lo que nosotros podemos entender".
Las comisuras se levantan muy poco y se vislumbra, casi imperceptible, una leve sonrisa.
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