"Él: No existían tal palabra ni tal verdad. Sólo esta manera de amarnos, que es la nuestra... esta piedad de nuestros labios para nuestros labios... nuestras dos almas ligadas por la miseria, como la caza todavía viva que se lleva al mercado... creo que tú lo habías adivinado todo, que todo lo habías presentido desde el primer día.
Ella: No querido.. yo no sabía nada. Hasta que parecía un disparate aceptar esta tournée y afrontar la miseria. ¡Quién podía adivinar el tesoro que nos esperaba! Es casi incomprensible lo que nos ha pasado... todo se vuelve contra uno, todo falla, nos encerramos en nuestra desesperación como en una cueva... y de repente hay algo que sale a nuestro encuentro y nos lleva consigo suavemente... una puerta se abre en lo más profundo del dolor, y he aquí que entra un rayo de luz, una ternura que nunca habíamos conocido... uno se siente en calma... toda inquietud se acaba... nada terrible existe ya... hemos llegado al fin... ¡Qué extraño resulta todo esto!
Él: Hay algo que nunca te había dicho... no lo he sabido con certeza hasta hace poco.
Ella: ¿Qué es, querido?
Él: Que no basta ser desgraciado para ver brillar ese rayo de luz de que hablas.
Ella: ¿Y qué más hace falta?
Él: Ser culpable.
Ella: (reflexiona). Pero... yo no me siento culpable
Él: ¡Mi pobre Julieta!
Ella: Además... ¿qué tiene eso que ver?
Él: Sí... hay en la vida ciertas cumbres que estan rodeadas como de un lago de agua turbia y fangosa. No se puede llegar a ellas sin haber, antes, atravesado el lago.
Ella: (turbada) ¿Crees de veras que nuestra manera de vivir...?
Él: No lo creo: lo sé.
Ella: Vas a volver a torturarte con esa idea.
Él: No me torturo: me analizo.
Ella: ¡Y yo que creía que me querías lo bastante para no pensar más en ello!
Él: Sin embargo, hay que conocerse. Ah, el fondo del alma es una tremenda ciénaga. ¡Llena de monstruos... fétidos!
Ella: Me es igual. Nada de eso me importa.
Él: No hay una sola dicha humana que no cabalgue a lomos de una alimaña repulsiva.
Ella: Se diría que encuentras placer en calumniarte, en envilecerte.
Él: ¡Bah! ¡Quién habría sido capaz de pasar por encima de todo sufrimiento y de todo orgullo, sino un crápula como yo!
Ella: Eso dices... pero estás llorando.
(Telón)"

Esta es la última parte del Cuadro noveno de Los fracasados, obra teatral escrita en 1920 por el dramaturgo francés H. R. Lenormand. Sí, la leí y me gustó.
Adivinen: ya estoy en capital.
Ella: No querido.. yo no sabía nada. Hasta que parecía un disparate aceptar esta tournée y afrontar la miseria. ¡Quién podía adivinar el tesoro que nos esperaba! Es casi incomprensible lo que nos ha pasado... todo se vuelve contra uno, todo falla, nos encerramos en nuestra desesperación como en una cueva... y de repente hay algo que sale a nuestro encuentro y nos lleva consigo suavemente... una puerta se abre en lo más profundo del dolor, y he aquí que entra un rayo de luz, una ternura que nunca habíamos conocido... uno se siente en calma... toda inquietud se acaba... nada terrible existe ya... hemos llegado al fin... ¡Qué extraño resulta todo esto!
Él: Hay algo que nunca te había dicho... no lo he sabido con certeza hasta hace poco.
Ella: ¿Qué es, querido?
Él: Que no basta ser desgraciado para ver brillar ese rayo de luz de que hablas.
Ella: ¿Y qué más hace falta?
Él: Ser culpable.
Ella: (reflexiona). Pero... yo no me siento culpable
Él: ¡Mi pobre Julieta!
Ella: Además... ¿qué tiene eso que ver?
Él: Sí... hay en la vida ciertas cumbres que estan rodeadas como de un lago de agua turbia y fangosa. No se puede llegar a ellas sin haber, antes, atravesado el lago.
Ella: (turbada) ¿Crees de veras que nuestra manera de vivir...?
Él: No lo creo: lo sé.
Ella: Vas a volver a torturarte con esa idea.
Él: No me torturo: me analizo.
Ella: ¡Y yo que creía que me querías lo bastante para no pensar más en ello!
Él: Sin embargo, hay que conocerse. Ah, el fondo del alma es una tremenda ciénaga. ¡Llena de monstruos... fétidos!
Ella: Me es igual. Nada de eso me importa.
Él: No hay una sola dicha humana que no cabalgue a lomos de una alimaña repulsiva.
Ella: Se diría que encuentras placer en calumniarte, en envilecerte.
Él: ¡Bah! ¡Quién habría sido capaz de pasar por encima de todo sufrimiento y de todo orgullo, sino un crápula como yo!
Ella: Eso dices... pero estás llorando.
(Telón)"

Esta es la última parte del Cuadro noveno de Los fracasados, obra teatral escrita en 1920 por el dramaturgo francés H. R. Lenormand. Sí, la leí y me gustó.
Adivinen: ya estoy en capital.

1 comentario:
pasar por encima de todo sufrimiento
quién puede?
cómo nace la seguridad del logro?
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