jueves, 19 de noviembre de 2009

Tu encanto

Se sentía nervioso.
Era la primera vez en la que tanta gente iba a estar viéndolo, más allá de la familia.
No tenía las manos de la abuela que guiaran sus pasos.
Tenía que jugársela solo.
Juntó aire y salió de atrás de bambalinas con el paso lento porque sentía que las piernas eran flanes y que en cualquier momento se derrumbarían, y así caería él, al abismo de sus miedos.
No eran más que dos metros los que debía caminar, y sin embargo, parecían kilómetros que a cada paso se agrandaban más y más, como perseguir el horizonte.
Evitó mirar al público porque sentía pánico y creía que ver la cantidad de personas que hubiera con la mirada fija en él, le quitaría definitivamente el aire.
Luego de lo que pareció una eternidad, llegó. Se sentó en el banquito.
Cerró los ojos.
Como si nadie existiera. Como si estuviera en casa con la abuela.
Apoyó los dedos, delicados, sobre las teclas. Acarició cada una de ellas, negras, blancas, su vida.
Sin pensarlo, comenzó a tocar. Sus dedos danzaban a un ritmo estupendo y el corazón se le quería escapar indomable de adentro, pero el siguió.
Siguió, siguió. Incrementando cada vez más su música, llegando al momento climax.
Aspiró una bocanada de aire.
Sabiendo el camino, los dedos tocaron los últimos acordes.
Levantó la cabeza, y finalmente, decidió mirar hacia las butacas. No se imaginaba cómo podía lograrlo cuando -alguna vez- estuvieran llenas, si ahora con sólo imaginarlo, ya sentía morir.

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